⌂ Magicandia
Colección Explorers · 5-7 años
Un farolero anciano, de barba blanca, sombrero gris y abrigo largo, está de pie sobre un tablón de madera entre los árboles de un bosque azul, de noche. Con una mano sujeta una vara larga y con la otra un platillo pequeño; a su alrededor cuelgan de las ramas muchos farolillos de papel encendidos y caen hojitas doradas. Debajo, sobre fondo crema: «Un cuento de Magicandia — El Farolero de las Preguntas», de Lucas Valera Corbalán, Colección Explorers, 5-7 años.

El Farolero de las Preguntas

Colección Explorers · 5-7 años

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El Farolero

En Magicandia hay un bosque donde el cielo se apoya en las copas de los árboles como quien apoya la barbilla en las manos, para escuchar mejor.

Y en ese bosque, cuando cae la tarde, se enciende un camino de farolillos.

No los enciende el sol. No los enciende el viento.

Los enciende el Farolero, que va despacio, con su tablón de madera al hombro y un cazo de luz en la mano, y que solo sabe hacer una cosa en el mundo:

—Yo enciendo preguntas —dice—. Es mi oficio.

El Farolero, un hombre mayor de barba blanca y sombrero gris, de pie sobre una tabla entre las ramas, enciende un farolillo de papel con una vara larga. A su alrededor cuelgan otros farolillos ya encendidos y detrás el bosque está azul de noche.

Una pregunta guardada

Nea tenía seis años y una costumbre que en su casa daban por perdida: preguntarlo todo.

Preguntaba por qué la luna a veces está partida. Por qué los caracoles llevan la casa a cuestas y no se cansan. Por qué el pan huele mejor cuando aún no se puede comer.

—Nea, hija —le decían—, hay preguntas que no llevan a ningún sitio.

Y Nea se callaba. Y cada vez que se callaba, notaba algo raro: como si dentro se le apagara una lucecita muy pequeña.

Nea, sentada en su cama con camisón azul y las manos juntas delante de la boca, mira hacia la ventana. A su lado tiene un cuaderno abierto. Entra una luz amarilla de amanecer y en el alféizar hay un farolillo pequeño, apagado.

El primer farolillo

La tarde en que entró en el bosque, Nea llevaba el bolsillo lleno de preguntas sin decir.

Encontró al Farolero subido a su tablón, encendiendo un farolillo que se le resistía.

—¿Qué haces? —preguntó Nea, y en cuanto lo dijo se tapó la boca con las dos manos, porque le habían enseñado que preguntar molesta.

Pero pasó una cosa extraña.

El farolillo, que llevaba un buen rato sin querer encenderse, se encendió solo.

El Farolero se giró despacio y la miró con una sonrisa muy vieja y muy contenta.

—Ah —dijo—. Ya lo has hecho.

—¿El qué?

—Encender uno. —Y señaló la luz—. Yo no los enciendo, Nea. Yo solo los sostengo. Los enciende quien pregunta.

Un farolillo de papel encendido cuelga solo de una rama en un bosque azul en penumbra. A su alrededor flotan chispas doradas y hojas secas.

El camino a oscuras

Nea miró el camino. Se perdía entre los troncos, y estaba lleno, lleno de farolillos apagados.

—¿Y esos?

—Preguntas que alguien se guardó —dijo el Farolero—. Cada vez que alguien se calla una pregunta por miedo a molestar, un farolillo se queda a oscuras. Y el camino se hace un poquito más corto.

Nea tragó saliva.

—Yo me he callado muchas.

—Entonces tienes mucho trabajo —dijo él, y le tendió el cazo de luz—. ¿Vienes?

Fueron andando, y Nea preguntaba.

—¿Por qué la luna a veces está partida?

Clic. Un farolillo se encendió a su derecha.

—¿Por qué los caracoles no se cansan?

Clic. Otro, más allá, entre los helechos.

—¿Por qué el pan huele mejor cuando todavía no se puede comer?

Clic, clic. Dos a la vez, uno a cada lado, como si esa pregunta fuera tan buena que hicieran falta dos luces para ella.

Nea se reía. El bosque se iba iluminando por donde ella pasaba.

El camino del bosque de noche: farolillos de papel encendidos cuelgan entre las ramas, unos grandes y cerca y otros pequeños al fondo, y el sendero se pierde entre los troncos cubierto de hojas doradas.

La Zorra de Niebla

Y entonces llegaron al claro, y en el claro estaba la Zorra de Niebla.

La Zorra de Niebla no muerde. Hace algo peor: contesta antes de que preguntes.

—Ya lo sé todo —dijo la Zorra, y su voz sonaba a suspiro—. La luna está partida porque sí. Los caracoles no se cansan porque no. El pan huele porque huele. ¿Ves? Ya está. No hace falta que preguntes nada más.

Y a cada frase suya, un farolillo se apagaba.

Nea sintió otra vez la lucecita pequeña haciéndose chiquitita dentro de ella.

—Farolero... —susurró—. Se están apagando.

—Sí —dijo él, y no parecía asustado, sino triste—. Es lo que hace la niebla. No te dice mentiras, Nea. Te dice verdades tan cortas que ya no dan ganas de mirar.

Nea se quedó muy quieta.

Miró a la Zorra. Miró el camino, que se iba quedando oscuro. Y se dio cuenta de una cosa.

La Zorra de Niebla había contestado a todas sus preguntas.

A todas menos a una que Nea todavía no había hecho.

Y Nea, que tenía seis años y el bolsillo ya casi vacío, sacó la última que le quedaba, la más pequeña de todas, y la dijo en voz alta:

—¿Y tú qué querías preguntar, cuando eras pequeña?

La Zorra de Niebla abrió mucho los ojos.

Y no supo qué decir.

Y en ese silencio —en ese silencio suyo, no en el de Nea— se encendieron todos los farolillos del bosque a la vez, tantos y tan de golpe que el claro se puso del color del pan recién hecho.

La Zorra de Niebla, de pelo gris y blanco y ojos naranjas, sentada muy quieta sobre un montículo, mirando de frente. Detrás, el bosque desdibujado por la niebla.

La pregunta que nadie le había hecho

La niebla se deshizo despacio, como se deshace el azúcar.

Donde estaba la Zorra quedó una zorrita pequeña, de pelo naranja y patas torpes, que miraba las luces con la boca abierta.

—¿Eso... lo he encendido yo? —dijo.

—Lo has encendido tú —dijo Nea—. Es lo que pasa cuando preguntas.

Y la zorrita, que llevaba muchísimo tiempo sin hacerlo, preguntó:

—¿Y podemos encender más?

El Farolero se rió tan fuerte que casi se cae del tablón.

—Niñas —dijo—, el bosque es infinito.

Nea volvió a casa cuando ya era de noche, con una zorrita naranja durmiendo en la capucha y el camino entero iluminado a su espalda.

En la puerta, su madre la esperaba.

—¿Dónde te habías metido?

Y Nea, que ya sabía la respuesta más importante del mundo, dijo:

—A encender el camino. —Y añadió, muy seria—: Mamá, ¿por qué la luna a veces está partida?

Su madre se quedó callada un momento.

Y luego se sentó en el escalón, la sentó a su lado, y dijo:

—Pues mira, no lo sé. Vamos a averiguarlo.

Y dentro de Nea, esa lucecita pequeña se puso del tamaño de una casa.

FIN

En otro rincón del mismo bosque hay una puerta verde del tamaño de una mano, con un picaporte de semilla dorada y un letrero tan pequeño que hay que acercar la nariz para leerlo. Dice: SOLO ABRE QUIEN RECUERDA SU NOMBRE. Esa es otra pregunta, y tiene su propio cuento: «La Puerta de los Nombres Perdidos».

La zorrita, ahora pequeña y de pelo naranja, sentada en el camino junto a un farol encendido. La niebla se ha ido y alrededor hay hierba y flores amarillas.

Créditos

El Farolero de las Preguntas

Y si en tu casa hay alguien que pregunta todo el rato: en Magicandia hay una puerta del tamaño de una mano, escondida entre las raíces de un árbol muy viejo, donde viven los nombres que el mundo olvidó. Lia entra con su libreta azul y le va devolviendo a cada uno una palabra más grande que la etiqueta que alguien le puso.

Es «La Puerta de los Nombres Perdidos», con ocho ilustraciones a color, de la colección Magicandia · Legends, de 7 a 9 años.

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Este cuento es un regalo: puedes leerlo, compartirlo y guardarlo, siempre gratis.

En Magicandia hay muchos más cuentos, para varias edades.

Gracias por leer con quien quieres.

Magicandia — CONFORT ECONOMIA, S.A.

Página final de Magicandia: «Descubre más aventuras en Magicandia». Presenta las cinco colecciones con su edad: Toddlers de 1 a 3 años, historias muy sencillas, repetitivas y tiernas; Minis de 3 a 5, cuentos cortos con acción, humor y valores; Explorers de 5 a 7, aventuras para despertar la curiosidad y el saber; Legends de 7 a 9, relatos con retos, valentía y resiliencia; y Adventures de 9 a 12, historias épicas con misterio y crecimiento. A la derecha, una niña con sombrero y varita camina por un bosque bajo el rótulo de la colección Explorers.

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Si te ha gustado

En Magicandia hay más historias así. Una de ellas se llama La Puerta de los Nombres Perdidos, y está en la Colección Legends, de 7-9 años.

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