Colección Legends · 7-9 años

En Magicandia hay un barranco al que todos los niños suben alguna vez. Se llama el Barranco que Contesta, y hace lo que dice su nombre: si te asomas y gritas algo, te lo devuelve.
Pero no como los ecos normales.
El Barranco que Contesta devuelve las cosas un poquito más grandes.
Si gritas «tengo un perro», te devuelve «tengo un perro grande». Si gritas «me he caído», te devuelve «me he caído fuerte». Los mayores del pueblo ya lo saben, y por eso suben poco: cuando uno tiene muchos años, prefiere que las cosas vuelvan del tamaño que son.
Los niños, en cambio, suben todo el rato.

A Vera le pesaba una cosa desde el verano: era la única de su clase que todavía no sabía nadar.
No es que le diera miedo el agua. Es que cada verano pasaba algo —una otitis, una mudanza, un primo que se rompió un brazo— y cuando quería darse cuenta, todos habían aprendido menos ella.
Aquella tarde de martes, en el patio, Tosca dijo que en agosto había cruzado el lago entero.
Y todos la miraron.
Vera notó una cosa caliente en las orejas. Y dijo:
—Yo también.
No lo pensó. Le salió, como sale el hipo.

Nadie se rió. Eso fue lo peor.
Tosca abrió mucho los ojos y dijo «¿de verdad?», y Vera tuvo que decir que sí, porque decir que no justo después de haber dicho que sí es una de las cosas más difíciles que hay.
Y luego alguien preguntó cuánto tardó.
Y Vera dijo un número.
Y alguien preguntó si el agua estaba fría.
Y Vera dijo que mucho.
Cada respuesta era un ladrillo, y ella estaba construyendo una casa en la que no quería vivir.

Esa tarde Vera subió al Barranco que Contesta, como hacía siempre que estaba raro.
Se asomó. Y sin querer, dijo en voz alta lo que llevaba dentro:
—He cruzado el lago.
El barranco esperó un momento. Y contestó:
—HE CRUZADO EL LAGO DOS VECES.
Vera se apartó del borde.
Al día siguiente, en la panadería, la señora Bruna le dijo: «Así que dos veces, ¿eh?».

Vera no volvió a subir al barranco. Pero el barranco no necesitaba que subiera.
El miércoles se decía que había cruzado dos veces.
El jueves, que lo había cruzado de noche.
El viernes, que había sacado a alguien del agua.
Una cosa que se dice en alto sigue caminando sola, y no siempre va donde tú la mandaste.
El sábado, el padre de Tosca se acercó a Vera en la plaza y le puso una mano en el hombro, muy serio, y le dijo:
—Oye. Si de verdad sacaste a alguien, tienes que decirnos quién era. Porque hay una familia en este pueblo que estará buscando a quien ayudó a su hijo.
Y Vera se quedó ahí de pie, con la boca seca, mirándose las botas.

Aquella noche Vera no durmió.
Y por la mañana, muy temprano, cuando todavía no había nadie en las calles, hizo la cosa más valiente que había hecho nunca:
Subió otra vez al barranco.
La cuesta era la misma de siempre. Las piedras, las mismas. Pero cuesta mucho más subir a deshacer algo que a decirlo.
Se asomó al borde. Le temblaba un poco la voz. Y dijo:
—No sé nadar.
El barranco se quedó callado un momento larguísimo.
Y luego contestó:
—NO SÉ NADAR.
Igual. Exactamente igual de grande.
Vera se quedó quieta, esperando a que lo hiciera más grande. Pero el Barranco que Contesta no agranda esas. A las verdades las devuelve del tamaño que son, que ya es bastante.

El lunes, en el patio, Vera se puso delante de todos y lo dijo otra vez, sin barranco que le ayudara.
Fue horrible durante unos ocho segundos.
Luego Tosca dijo:
—Yo tampoco crucé el lago entero. Llegué a la boya y volví.
Y un niño de la otra clase dijo que él tampoco sabía nadar, y que llevaba dos años diciendo que sí.
Resulta que la casa que Vera había construido tenía vecinos.
En julio, la madre de Tosca los llevó a los tres al lago los martes. Vera aprendió la última de los tres, y tardó todo el verano, y cuando por fin cruzó —hasta la boya, no el lago entero— no se lo contó a nadie.
Bueno. Subió al barranco y lo dijo una vez.
Y el barranco, que es como es, contestó:
—HE CRUZADO HASTA LA BOYA. DOS VECES.
Y Vera se rió, y gritó hacia abajo:
—¡Una! ¡He cruzado UNA vez!
Y el barranco, por primera vez en su vida, le hizo caso.
Esto has aprendido hoy con Magicandia:
«Lo que dices en alto sigue caminando solo. Y cuesta más subir a deshacerlo que a decirlo — por eso quien sube es valiente.»
A los siete, ocho y nueve años empiezan a importar mucho los demás, y una mentirijilla para quedar bien es de las cosas más fáciles del mundo. Este cuento no regaña a Vera por decirla: le acompaña en la cuesta de deshacerla, que es la parte que nadie enseña. Y termina donde de verdad termina: descubriendo que casi todos los que estaban mirando tenían algo parecido guardado.
Este cuento es un regalo: puedes leerlo, compartirlo y guardarlo, siempre gratis.
Y si en tu casa alguien dijo algo que se fue haciendo más grande, y ahora no sabe cómo deshacerlo: este cuento es para leerlo juntos. Deshacer una bola no es cosa de un día, y nadie tiene que hacerlo solo.
Es de la Colección Legends, de 7 a 9 años.
Y si te ha gustado Vera, hay otra historia en la que Lia descubre, con la ayuda de sus amigos, que nadie cabe en una sola palabra: «La Puerta de los Nombres Perdidos».
Gracias por leer con quien quieres.

El Eco que se Hizo Grande
Un cuento de regalo de Magicandia.
Texto: Lucas Valera Corbalán. Publicado por Magicandia. Copyright © 2026 CONFORT ECONOMIA, S.A. Ejemplar de regalo — entrega gratuita.
Gestión editorial: CONFORT ECONOMIA S.A. (NIF A73366197).
Transparencia de IA (Reglamento (UE) 2024/1689, art. 50): este contenido ha sido generado con inteligencia artificial.
Es un regalo: puedes leerlo, compartirlo y guardarlo, siempre gratis.
Hoja hecha a partir del ePub sellado cc7f4eef · MAG · 2026-10-03 00:20:39 +0200